En un bosque de abedules
En memoria de Andrei Tchernitchin
En Sochi, a orillas del Mar Negro, murió Alexander Evgenyevich Fersman. Tenía 61 años y el cuerpo pesado como los metales que describió en sus expediciones por el Ártico, los Urales, y el desierto de Kara-Kum. Los médicos dijeron: agotamiento. Sus colegas de la Academia de Ciencias Soviética dijeron: más de 1.500 investigaciones. La Gran Guerra Patria terminaba esa semana. Fersman no lo supo.
Nadie fuera de Rusia lo recuerda mucho. Fue Fersman quien pasó su vida respondiendo una pregunta que otros ni siquiera sabían formular: ¿dónde están los metales? No en el sentido de los ingenieros de minas o los industriales que lo rodeaban y que él, de paso, también sirvió. Sino en el sentido más hondo: ¿cómo se mueven los elementos a través de la corteza terrestre, a través del agua, a través del aire? ¿Cómo llegan desde las rocas a los organismos vivos, y de vuelta a las rocas? Fersman llamó a eso geoquímica, y escribió un libro que tituló, con cierta modestia programática, Geoquímica para Todos. La tierra, decía, tiene una autobiografía escrita en elementos. Hay que saber leerla.
¿cómo se mueven los elementos a través de la corteza terrestre, a través del agua, a través del aire? ¿Cómo llegan desde las rocas a los organismos vivos, y de vuelta a las rocas?
Su maestro fue Vladimir Vernadsky, que moriría meses antes que él, en enero del mismo 1945. Los dos rusos se fueron ese año que partió un siglo, mientras medio mundo se vaciaba de personas.
Ese mismo año, en algún momento impreciso del cual su hijo no recordaría la fecha exacta, un hombre ruso llegó a Santiago con su familia. Había huido de Rusia cuando empezó la Revolución, deambulado por Europa, y cuando vio que Europa también se incendiaba, buscó en el mapa un lugar lo más lejos posible. Chile. Se instalaron en el barrio de Independencia. El hombre quiso ser biólogo, no pudo. Pero le obsequió a su hijo un microscopio de juguete. El padre había huido de los bolcheviques sin advertir que el metal rojo del bolchevismo había hecho imprinting en su hijo. El marxismo científico como una programación. Una tesis y antítesis antes del nacimiento.
El hijo se llamaba Andrei. Andrei Tchernitchin.
A los 14 años, Andrei cruzaba las dos cuadras que separaban su casa de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y miraba granos de polen con los microscopios de verdad que los biólogos le prestaban. A los 17 publicó su primer trabajo. Estudió medicina porque, dijo después, era la carrera que mejor formación científica daba. Lo que quería era investigar. Lo que fue encontrando, a medida que investigaba, era la misma pregunta que Fersman: ¿dónde están los metales? Pero con una inversión radical de escala. No en la corteza terrestre. En el cuerpo humano.
Pasó cincuenta años respondiendo esa pregunta. El plomo en la sangre de los niños de Antofagasta, acumulado por décadas de procesamiento minero. El arsénico en el agua de Copiapó. Los compuestos hormonales en las aves de corral que terminaban en los cuerpos de quienes las comían. Las nubes de asbesto en Coronel, flotando entre obreros sin mascarillas. Las zonas de sacrificio —Quintero, Puchuncaví— donde la corteza terrestre y el cuerpo humano se vuelven indistinguibles en su carga de metales. Fersman mapeó los metales en las rocas; Andrei los mapeó en las personas. Distintas escalas, el mismo hallazgo de fondo: el planeta tiene una química, y nosotros vivimos dentro de ella. Peor aún: lo que respiramos antes de nacer nos programa. Los metales perinatales escriben en el cuerpo modificaciones celulares que florecen treinta años después como enfermedades.
Andrei pintaba al óleo.
Los pigmentos de la pintura al óleo son, en buena parte, la tabla periódica de los metales: el blanco de plomo que los flamencos usaban en los siglos XVI y XVII, el amarillo de cadmio que amó Van Gogh, el azul de cobalto, el bermellón que es sulfuro de mercurio. Andrei pasó su vida midiendo metales pesados en cuerpos y tejidos, y en su estudio pintaba bosques de abedules sobre la tela, firmando ATCHEV. Árboles rusos que nunca había visto, heredados como el idioma: antes del recuerdo.
Pasó cincuenta años respondiendo esa pregunta. El plomo en la sangre de los niños de Antofagasta, acumulado por décadas de procesamiento minero. El arsénico en el agua de Copiapó. Los compuestos hormonales en las aves de corral que terminaban en los cuerpos de quienes las comían…
El Departamento de Medio Ambiente del Colegio Médico de Chile es, en el mapa de los gremios latinoamericanos, una rareza silenciosa. Otras profesiones marchan, firman, declaran. Pero este Departamento es un laboratorio ecológico: investiga, perita, denuncia, con la paciencia de quien sabe que los cambios en la legislación ambiental se miden en décadas, no en ciclos electorales. Entre sus peritajes: las causas de muerte de Pablo Neruda. Andrei convocó otras disciplinas, otras miradas. Entendía que la ecología no se practica desde una sola ventana. Y que no todo lo que brilla verde es conocimiento.
Andrei murió hace pocas horas, con el verano chileno aún sobre nosotros, quemando las hojas de los abedules que caerán con el otoño.
Pasó medio siglo midiendo lo que el mundo le hace al cuerpo humano sin pedirle permiso. Lo documentó. Lo denunció. Lo llevó a tribunales.
Ahora investiga del otro lado, en esa piscina que se nada de noche.
Dinos, Andrei. Allá, ¿cuánto pesan los metales?



